Relatos astrológicos

Capítulo 1: Mi papá

Luna en Géminis
Luna conjunción ascendente
Luna oposición Urano
Mercurio en casa 12
Mercurio conjunción Quirón en casa 12
Luna trígono Saturno
Saturno casa 4


Cuando era niña, estaba completamente obnubilada por mi papá. El era una persona introvertida, con ciertas dificultades para expresar sus emociones, pero tenía una gran sensibilidad, y yo podía percibir eso. Teníamos una conexión muy especial, y su principal objetivo conmigo era introducirme al universo intelectual, enseñarme a pensar, a leer, a escribir, y a desarrollar intereses que hasta el día de hoy sigo manteniendo.
Mi gusto por el esoterismo, la parapsicología, el ocultismo, la metafísica, la filosofía, la historia, la astrología y el tarot me llegan a través de él.
Era un gran lector, y en su adolescencia se pasaba horas leyendo hasta la madrugada.
Nosotros vivíamos en la ciudad de Mar del Plata, y mi papá trabajaba en un diario muy importante de allí, el diario La Capital. El tenía el oficio que había aprendido de su abuelo: linotipista. Años después, el avance tecnológico hizo que él perdiera su empleo, pero su ambición lo llevó más allá, y terminó siendo presidente de la Unión Gráfica Marplatense, un organismo que coordinaba a todos los trabajadores del sector gráfico de Mar del Plata.
Cuando yo nací, todo parecía estar acomodado en una estructura sólida, y no había ningún indicio de que las cosas podrían complicarse más adelante. Por supuesto, luego yo aprendí que no todo es lo que parece, y que el destino puede dar muchas sorpresas. A muchas personas que conozco no les sucedió eso. A mí, sí.
Pero antes de adelantarme, hay un acontecimiento de la vida de mi papá que cambiaría su vida para siempre: su papá murió cuando él tenía apenas 18 años, y fue él quien lo encontró entrando en su casa, en el momento en el que su padre estaba sufriendo un paro cardíaco. Mi abuelo murió en sus brazos, y eso lo marcaría para siempre.
Luego de ese acontecimiento, todo sería diferente: a partir de ese momento, tuvo que hacerse cargo de mantener económicamente a su familia, que estaba constituída por mi abuela y mis tres tíos. El era el hermano mayor, y a él le correspondía ese rol.
Mi papá no fue un adolescente como el resto, pero lo que más lo afectó fue el hecho de no poder ir a la universidad, lo cual era su sueño desde que era niño. Su única salida eran sus lecturas nocturnas, en una época en la que no existían computadoras ni internet.
Una de las cosas que más admiraba de mi papá era su curiosidad: él era una persona incansable a la hora de querer aprender sobre los temas más variados, y muchas veces recuerdo a su abogado decir que mi papá sabía más de Derecho Civil que él.
Yo amaba a mi papá, lo idolatraba, aunque él nunca tenía mucho tiempo para mi hermana y para mí, ya que cuando estaba en casa, siempre estaba en su mundo, abstraído, en su propio universo de ideas, teorías, pensamientos.
Creo que crecer con alguien como él es algo que siempre voy a agradecer, porque mi padre fue y sigue siendo una fuente de inspiración en cada momento crucial de mi vida.
También tengo que decir que cuando comencé a crecer, comencé a notar que mi papá no estaba conforme con su vida, y me surgió una duda que nunca pude resolver: ¿Por qué alguien como él, con tanta sed de libertad, con esa curiosidad, con esas ganas de viajar y conocer el mundo en sus múltiples facetas, se casaría y querría tener hijos?
Creo que la respuesta no la obtendré nunca de su boca, pero sí tengo mis teorías: creo que mi papá también quería cumplir con los roles sociales establecidos en la época, y ser un hombre de familia era la única opción. Creo que él no pudo escapar a ese mandato, y creo que intentó hacer lo mejor que pudo en un tipo de vida que no estoy segura si realmente deseaba.
En ese contexto, sus mismas enseñanzas apuntaban a que yo fuera una persona libre, con mis conocimientos como estandarte, y que pudiera salirme de los lugares a los cuales él había caído. Por supuesto, él no era tan lineal como yo lo describo ahora, pero yo saqué mis propias conclusiones, y eso es incuestionable.
Asimilando este mensaje en mi inconsciente, puedo decir que lo único que me importaba cuando fui creciendo era destacar para ser reconocida por él…pero ese reconocimiento no llegaba nunca, ya que él siempre decía, ante cada mérito académico de la escuela y del conservatorio (yo tomaba clases de piano en el conservatorio) que siempre había que mirar hacia adelante, que siempre faltaba más por aprender. Hoy entiendo que eso era un estímulo, pero en ese momento me enojaba muchísimo con él, y ni hablar de que nunca podía venir a los actos escolares, ni formar parte de ese universo infantil. Para él, eso era perder tiempo, y esperaba con ansias a que mi hermana y yo creciéramos para poder comunicarse con nosotras de otra manera.
Creo, también, que mi papá hubiera deseado tener hijos varones, por lo menos uno: sus intereses sociales eran amplios y era una persona ambiciosa, y todos sabemos perfectamente que en ese momento, y hasta el día de hoy, los hombres son en su mayoría los que ocupan puestos de poder y reconocimiento en todos los ámbitos. Seguramente, él fantaseaba con proyectarse en alguien que cumpla con sus tan ansiadas metas de ser una persona apreciada por la sociedad, con poder, dinero, y una libertad para hacer lo que quisiera. Mi hermana, incluso, ya tenía designado un nombre de varón, y no sé cuál habrá sido su reacción al enterarse de que ella era una niña, pero imagino que no fue una buena reacción al principio.
Me cuesta hablar de mi papá en una forma tan cruda y humana, porque para mí, él era mi héroe, pero hoy puedo mirarlo con mis ojos de adulta, y mi enfoque es completamente distinto. Sin reflexionar demasiado sobre esto, en esa etapa de mi niñez fue feliz con él, más allá de mis propios problemas de comunicación, salud, autoestima, y otras cuestiones de las que ya hablaré más adelante.
El primer gran vuelco de mi vida sucedió cuando yo tenía 12 o 13 años (no lo recuerdo con exactitud), y mi papá, de un momento a otro, se quedó sin trabajo. A partir de ahí,  nuestra vida hasta ese momento se vino a pique, y perdimos todo lo que teníamos, incluídos la casa que alquilábamos y el auto. Perdimos todo, un departamento que teníamos en alquiler, un departamento que era para mí y otro para mi hermana, y terminamos viviendo con mi tía Tata, hermana de mi mamá.
Ya les contaré con más exactitud lo que pasó, aunque hasta el día de hoy no lo termino de saber con detalle. Lo único que voy a mencionar ahora es que para una persona cuyo universo laboral y social es lo más importante, esta caída implicó para mi papá entrar en una depresión de la cual no pudo salir. Entiendo que es una depresión hoy, porque en ese momento no podía entender nada de lo que pasaba, ni pude procesarlo.
Mi papá tenía problemas de salud por ser fumador desde los 12 años (al igual que lo era mi abuelo), y por su trabajo tantos años como linotipista. Mi abuelo, que tenía el mismo oficio que él, solía  llevarlo al diario desde que era un niño. En el lugar de trabajo estaban las grandes máquinas, y casi sin ventilación, los residuos tóxicos del plomo que aspiraban terminaron arruinando la salud de ambos. Trabajar horas extras en un trabajo insalubre les costó un precio muy alto, y hoy puedo entender esto de una manera que antes no lo entendía.
El tema de la salud fue crucial en la vida de mi papá, y, por ende, lo es también en mi vida. El tenía problemas de circulación, y le costaba mucho movilizar su pierna derecha. Siempre tenía que pedir que frenáramos cuando caminábamos en la calle, y tomarse unos cuantos minutos para que se vayan los calambres, y así, poder caminar otros pocos pasos de nuevo.
Mi mamá había sugerido una pensión por discapacidad cuando él perdió su empleo, pero él era incapaz de pedirla, ya que no quería “que le tuvieran lástima”. Era una persona demasiado orgullosa como para que su entorno lo mire de esa manera.
 Todo lo que pasó después lo relataré más adelante, por ahora sólo quiero decir que fue todo realmente muy difícil: mi hermana tenía 11 años, y ninguna de las dos entendía muy bien qué era lo que estaba pasando, aunque sí recuerdo el día que mi mamá se acercó, y nos dijo: “papá se quedó sin trabajo, y algunas cosas van a cambiar a partir de ahora”.  Y no cambiaron algunas cosas, cambió absolutamente todo.
Lo que sucedió fue un viaje de ida, y mi papá ya no pudo retornar más de él. Creo que una parte mía se resintió mucho, porque, en la medida que crecía, sentía que él no luchaba por mí, y que yo no era tan importante para él como la vida que él mantenía antes.
Hay otros cosas que quiero contar, como el hecho de que a mi papá le encantaba el juego, sobre todo las carreras de caballos, el casino, y los juegos de cartas. El tema del juego me influyó y me sigue influyendo hasta el día de hoy, y es una de las temáticas sobre la que investigo constantemente. Yo sentía que mi papá buscaba en el juego lo que no encontraba en su vida: aventura, cambios inesperados, improvisación y espontaneidad.
Jugar, para mi papá, era alimentar su mundo de fantasía, en donde todo podía ser posible, un ámbito en donde, de un momento para otro, podía pasar de perder todo a ganar todo de nuevo. Pero la vida no es siempre así, e implica muchas veces esfuerzo, madurez, y responsabilidad. Creo que, como a mi papá, ésa es la parte que me cuesta, pero, a diferencia de él, sí me permito disponer de mi vida como un escenario lúdico. Y todo eso se lo debo a él. Yo creo que me animé a subir un poco la apuesta, nada más.
Siempre pienso que mi papá se hizo cargo de demasiadas cosas a una edad muy temprana, y que eso lo desgastó mucho. Y creo que es por eso que ese exceso de responsabilidad generó más adelante una gran crisis.
Mi papá, el juego, la improvisación, los cambios repentinos…y, finalmente, su muerte, a la misma edad que mi abuelo, a los 56 años, marcarían para mí un camino hacia una búsqueda personal que intentara romper con el patrón, que intentara evolucionar hacia lugares nuevos. El desafío para mí fue plantearme una vida en la que pudiera jugar, improvisar, pero, a la vez, madurar a la hora de mis elecciones. Una vida que intentara superar la enfermedad, el vicio, y el mandato social, pero, a su vez, que incluya el juego, la aventura, los viajes, y la fantasía. Mi intención es jugar esas mismas cartas, pero de una manera distinta.
Lo que le pasó a mi papá fue lo más triste que me pasó en la vida, y recordarlo sigue siendo algo muy duro. Pero también sé que su muerte repentina sentó los precedentes para que yo pueda animarme a ser quien intento ser hoy.
Hablar de mi papá es muy complejo, porque también necesito indagar en su pasado para entender un  poco mejor el por qué las cosas terminaron de la manera que terminaron. Y para hablar de mí, necesito primero hablar de la relación con él.
Fanático por indagar en el conocimiento de las técnicas deportivas, los lenguajes y las religiones, cualquier cuestión que acaparara su atención momentáneamente era un estímulo para horas y horas de búsqueda en enciclopedias y de charlas en tono de debate. Mi papá construía su mundo con facetas múltiples, y por eso tenía la necesidad de conocer diferentes culturas, diferentes formas de vida, diferentes visiones del mundo, diferentes escenarios y diferentes formas de expresión y comunicación.
A diferencia de mi papá, mi desafío es poder llevar esa multiplicidad al terreno de lo emocional, lo terrenal y lo espiritual. Quedarme en el plano mental me genera seguridad, porque desarrollé ciertas capacidades que me permiten sentir que tengo el control en ciertas situaciones, pero cuando necesito hablar de mis emociones, quedo bloqueada, muda, cerrada. Trabajar en comunicar mis deseos, mis necesidades materiales y físicas, eso es lo que mi papá me enseñó, sin darse cuenta.
Eduardo Guillermo Guzmán, ése era su nombre, y después de que murió, me enteré que estaba muy orgulloso de mí y de mi hermana. Y todo lo que logré en mi vida hasta ahora, está y seguirá estando atravesado por su figura.

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